Oncólogo revela el hábito alimenticio más común en pacientes con cáncer de colon

Durante años, el cáncer de colon fue considerado una enfermedad que afectaba principalmente a personas mayores. Sin embargo, esa realidad está cambiando. Cada vez son más los adultos jóvenes que reciben este diagnóstico, un fenómeno que mantiene en alerta a médicos e investigadores de todo el mundo.

Aunque todavía no existe una explicación única para este aumento, la evidencia científica apunta hacia un protagonista recurrente: la alimentación. En especial, el consumo frecuente de carnes procesadas, un grupo de alimentos presente en la dieta de millones de personas y que varios especialistas relacionan con un mayor riesgo de desarrollar este tipo de cáncer.

Uno de ellos es el oncólogo Tim Tiutan, quien después de 17 años dedicado a la cirugía oncológica afirma haber observado un patrón que se repite con sorprendente frecuencia entre sus pacientes.

El alimento que aparecía una y otra vez en las historias clínicas

Tras casi dos décadas tratando a personas con cáncer colorrectal, el especialista asegura que alrededor del 80 % de sus pacientes compartían un mismo hábito: consumir de manera habitual carnes procesadas.

En esta categoría se incluyen alimentos como las salchichas, el jamón, el tocino, el salami, el pepperoni, los hot dogs y otros productos elaborados mediante procesos de curado, ahumado, salazón o conservación con aditivos químicos.

No significa que estos alimentos provoquen cáncer por sí solos ni que todas las personas que los consumen vayan a desarrollar la enfermedad. Sin embargo, cuando este tipo de productos forma parte de la dieta durante años, las investigaciones muestran que el riesgo aumenta de forma significativa.

Lo que ocurre durante el procesamiento de estas carnes

En una entrevista para el canal GB News, el Dr. Tiutan explicó que los métodos industriales utilizados para conservar la carne favorecen la formación de compuestos que han sido ampliamente estudiados por su posible relación con el cáncer.

Entre ellos se encuentran los compuestos N-nitrosos y los hidrocarburos aromáticos policíclicos, sustancias que pueden producirse durante el curado, el ahumado o ciertos procesos de cocción a altas temperaturas.

El especialista recordó además un dato respaldado por estudios epidemiológicos: consumir aproximadamente 50 gramos diarios de carne procesada —una cantidad equivalente a dos o tres tiras de tocino o un hot dog— puede incrementar el riesgo de cáncer colorrectal en alrededor de un 18 %.

¿Por qué la OMS considera estas carnes un riesgo?

La Organización Mundial de la Salud clasificó las carnes procesadas dentro del Grupo 1 de agentes carcinógenos, una categoría reservada para aquellos factores sobre los que existe evidencia suficiente de que pueden causar cáncer en humanos.

Esta clasificación suele generar confusión. No quiere decir que comer un embutido tenga el mismo peligro que fumar un paquete de cigarrillos. Lo que indica es que la relación entre el consumo habitual de carnes procesadas y determinados tipos de cáncer ha sido demostrada de manera consistente en numerosos estudios científicos.

En otras palabras, la fortaleza de la evidencia es comparable, pero no el nivel de riesgo.

El papel de los nitritos y nitratos

Muchos embutidos contienen nitritos y nitratos, conservantes que ayudan a mantener el color y evitar el crecimiento de bacterias.

El problema aparece cuando estas sustancias pueden transformarse dentro del organismo en compuestos capaces de dañar las células que recubren el intestino. Si esa agresión se mantiene durante años, aumenta la probabilidad de que algunas células sufran alteraciones que favorezcan la aparición de tumores.

Una investigación publicada en 2020 reforzó esta asociación al encontrar que quienes consumían cerca de 75 gramos diarios de carne roja o procesada tenían un riesgo considerablemente mayor de desarrollar cáncer intestinal que quienes ingerían cantidades menores.

Los síntomas suelen confundirse con problemas digestivos comunes

Uno de los mayores desafíos del cáncer de colon es que puede avanzar durante mucho tiempo sin producir señales evidentes.

Cuando aparecen los primeros síntomas, muchas personas los atribuyen a una mala digestión, estrés, hemorroides o síndrome de intestino irritable, retrasando la consulta médica.

Entre los signos que merecen atención se encuentran:

  • Cambios persistentes en el ritmo intestinal.
  • Sangre en las heces o durante la evacuación.
  • Dolor o molestias abdominales frecuentes.
  • Sensación de no vaciar completamente el intestino.
  • Hinchazón abdominal constante.
  • Pérdida de peso sin causa aparente.
  • Fatiga intensa o anemia.

Estos síntomas pueden tener múltiples explicaciones y no significan necesariamente que exista un cáncer, pero sí justifican una evaluación médica, especialmente si persisten durante varias semanas.

No todo depende de la alimentación

Aunque la dieta es un factor importante, no actúa de manera aislada.

Los antecedentes familiares, la edad, algunas enfermedades inflamatorias del intestino, la obesidad, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y el sedentarismo también aumentan el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal.

Por ese motivo, los especialistas insisten en que la prevención debe abordarse desde varios frentes y no únicamente eliminando determinados alimentos.

Detectarlo a tiempo sigue siendo la mejor estrategia

La buena noticia es que el cáncer de colon suele desarrollarse lentamente. Antes de convertirse en un tumor maligno, muchas veces aparecen pólipos que pueden detectarse y eliminarse mediante una colonoscopia.

Por ello, numerosos sistemas de salud recomiendan iniciar las pruebas de detección entre los 45 y los 50 años en personas con riesgo promedio, o incluso antes cuando existen antecedentes familiares importantes.

Mantener una alimentación rica en frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, realizar actividad física con regularidad y reducir el consumo de carnes procesadas son medidas respaldadas por la evidencia científica para disminuir el riesgo.

En ocasiones, los hábitos cotidianos parecen inofensivos precisamente porque forman parte de la rutina. Sin embargo, cuando la ciencia encuentra el mismo patrón una y otra vez en miles de personas, vale la pena detenerse a reflexionar sobre las pequeñas decisiones que tomamos cada día frente al plato.