Empiezas a caminar y, después de un rato, aparece una molestia en la pantorrilla. Puede sentirse como un calambre, una presión o una pesadez que obliga a bajar el ritmo. Te detienes, esperas unos minutos y mejora. Pero al continuar, vuelve.

Es fácil atribuirlo al cansancio, al calzado o a la falta de ejercicio. Sin embargo, el dolor que aparece con la caminata y se alivia al descansar puede ser una señal de enfermedad arterial periférica, un problema que dificulta la llegada de sangre a las piernas.
La pista está en ese patrón repetido: esfuerzo, molestia y alivio al parar. Reconocerlo permite investigar la circulación antes de acostumbrarse a caminar cada vez menos.
Por qué una arteria estrecha puede provocar dolor al caminar
Las arterias transportan sangre con oxígeno hacia los músculos. Al caminar, subir escaleras o avanzar por una pendiente, los músculos necesitan más oxígeno para trabajar.
Si las arterias están estrechadas, el flujo puede resultar insuficiente durante el esfuerzo. Entonces aparece la molestia. Al detenerse, disminuye la demanda muscular y el dolor suele aliviarse.
Este síntoma se llama claudicación intermitente. Aunque se presenta con frecuencia en las pantorrillas, también puede afectar a los muslos, los glúteos o los pies.
No todas las personas lo describen como dolor. Algunas hablan de piernas pesadas, debilidad o una sensación de fatiga localizada que les impide continuar.
El detalle que merece atención: mejora, pero vuelve
Una persona puede notar que consigue recorrer varias calles antes de sentir la molestia. Otra empieza a sentirla al subir una cuesta o caminar más rápido. Al repetir un esfuerzo parecido, el síntoma puede reaparecer.
Que el dolor desaparezca al descansar no significa que la causa haya desaparecido. En ocasiones, ese alivio hace que la persona posponga la consulta: mientras permanece sentada, se encuentra bien.
También puede empezar a adaptar sus actividades sin darse cuenta. Camina más despacio, evita escaleras o hace pausas frecuentes. Así, la molestia parece menor, aunque en realidad se está reduciendo el esfuerzo que la desencadena.
Qué provoca el estrechamiento de las arterias
La causa más habitual de la enfermedad arterial periférica es la aterosclerosis, una acumulación de placa en la pared de las arterias. Esa placa contiene colesterol y otras sustancias y puede reducir el espacio por el que circula la sangre.
Entre los factores que aumentan el riesgo están:
- Fumar o haber fumado.
- Tener diabetes.
- Presentar presión arterial o colesterol elevados.
- Padecer enfermedad renal crónica.
- La edad y los antecedentes de enfermedad cardiovascular.
La presencia de estos factores no confirma el diagnóstico, pero hace especialmente importante revisar un dolor que se repite al caminar.
Además, la enfermedad arterial periférica puede acompañarse de aterosclerosis en otros territorios. Detectarla también permite valorar el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular, no únicamente las molestias de las piernas.
Otras señales que pueden aparecer en los pies
La circulación insuficiente puede producir cambios adicionales, aunque no todos aparecen ni son exclusivos de esta enfermedad.
Un pie puede sentirse más frío que el otro. También puede haber cambios de color, menor crecimiento del vello o heridas en los dedos y los pies que cicatrizan lentamente.
Las lesiones que no cierran merecen atención, especialmente en personas con diabetes. La pérdida de sensibilidad puede hacer que una rozadura pase inadvertida y se descubra cuando ya lleva tiempo presente.
En fases más graves, el dolor puede aparecer incluso en reposo. Por otra parte, algunas personas tienen enfermedad arterial periférica sin el dolor típico al caminar.
No todos los dolores de pantorrilla vienen de las arterias
Una lesión muscular, un problema articular o la compresión de un nervio también pueden causar molestias en las piernas.
El dolor relacionado con nervios puede cambiar al sentarse, inclinarse o modificar la postura. En cambio, la claudicación arterial suele relacionarse con el esfuerzo y mejorar al detenerlo, sin necesidad de adoptar una posición concreta.
Estas diferencias orientan, pero no sustituyen una evaluación. La exploración física y la historia de los síntomas ayudan a distinguir las posibles causas.
Para la consulta resulta útil recordar dónde duele, cuánto se puede caminar antes de que empiece y cuánto tarda en aliviarse al parar.
La prueba sencilla que ayuda a revisar la circulación
Una de las pruebas más utilizadas es el índice tobillo-brazo. Compara la presión arterial medida en el tobillo con la del brazo para buscar indicios de una reducción del flujo hacia las piernas.
Es una prueba no invasiva que utiliza manguitos de presión y, habitualmente, un dispositivo Doppler. En algunos casos se realiza también después de caminar.
Según los resultados, pueden necesitarse otras exploraciones, como una ecografía de las arterias. La elección depende de los síntomas, los antecedentes y lo encontrado durante la evaluación.
Qué puede mejorar cuando se trata a tiempo
El tratamiento busca mejorar la capacidad para caminar y reducir el riesgo cardiovascular. Incluye controlar la diabetes, la presión y el colesterol, además de dejar de fumar.
Los programas de caminata estructurada, preferentemente supervisados cuando están disponibles, forman parte del tratamiento de muchas personas con claudicación. Deben adaptarse a la situación clínica; no consisten en forzarse sin evaluación.
También pueden indicarse medicamentos para reducir riesgos o aliviar síntomas. Cuando la circulación está muy comprometida, o las limitaciones persisten pese al tratamiento, se valoran procedimientos para restablecer el flujo.
Cuándo el dolor necesita atención urgente
Un dolor intenso y repentino, acompañado de un pie frío o pálido, pérdida de sensibilidad o dificultad para moverlo, requiere atención inmediata. Puede indicar una interrupción aguda del riego sanguíneo.
El dolor en reposo, las heridas que no cicatrizan o el empeoramiento progresivo también necesitan valoración pronta.
Cuando la molestia aparece repetidamente al caminar, acostumbrarse a ella no resuelve el problema. Revisar su causa puede ayudar a recuperar movilidad y detectar una enfermedad que merece atención más allá de las piernas.
Fuentes médicas:
- Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos: enfermedad arterial periférica, síntomas, causas y factores de riesgo, diagnóstico y tratamiento.
- Servicio Nacional de Salud británico: enfermedad arterial periférica.
