Un nuevo estudio de la Universidad de Chile ha puesto el foco en algo que hasta ahora se había pasado por alto: los edulcorantes artificiales no solo afectan a quien los consume, sino que sus consecuencias pueden transmitirse a la descendencia. La investigación, publicada en la revista Frontiers in Nutrition el 10 de abril de 2026, demuestra que tanto la sucralosa como la stevia alteran la microbiota intestinal y modifican la expresión de genes relacionados con el metabolismo y la inflamación, y que estos cambios se heredan en las siguientes generaciones.

El hallazgo es especialmente relevante porque estos edulcorantes se promocionan como herramientas seguras para controlar el peso y la diabetes, pero su consumo masivo no ha logrado reducir las tasas de obesidad ni de resistencia a la insulina en la población.
Cómo se realizó el estudio
Los investigadores de la Universidad de Chile trabajaron con 47 ratones (machos y hembras) divididos en tres grupos. Un grupo recibió solo agua, otro agua con sucralosa y el tercero agua con stevia, en dosis equivalentes a las que una persona consumiría en una dieta normal. Después, se dejaron que estos ratones tuvieran descendencia y se observó a dos generaciones completas que solo bebieron agua (sin edulcorantes adicionales).
Se midieron varios indicadores: tolerancia a la glucosa (para detectar resistencia a la insulina), composición de la microbiota intestinal a través de muestras fecales, niveles de ácidos grasos de cadena corta y la expresión de cinco genes clave relacionados con la inflamación, la barrera intestinal y el metabolismo en el hígado y los intestinos.
Los resultados más preocupantes
Los efectos no fueron iguales en todos los grupos ni en todas las generaciones, y mostraron claras diferencias entre la sucralosa y la stevia:
- En la primera generación, solo los machos descendientes de ratones que habían consumido sucralosa presentaron signos de intolerancia a la glucosa.
- En la segunda generación (los “nietos”), el efecto se amplió: los descendientes de machos expuestos a sucralosa y las descendientes de hembras expuestas a stevia mostraron niveles elevados de azúcar en sangre en ayunas.
Además, ambos edulcorantes provocaron cambios en la microbiota intestinal: mayor diversidad bacteriana, pero menor concentración de ácidos grasos de cadena corta, que son fundamentales para controlar la inflamación y mantener sana la barrera intestinal.
La sucralosa fue la que generó efectos más fuertes y persistentes a lo largo de las generaciones, alterando la flora intestinal de forma que favorecía bacterias potencialmente patógenas y modificando la expresión de genes vinculados a la inflamación y al metabolismo. La stevia mostró impactos más leves y que se diluyeron con mayor rapidez en la segunda generación.
Importante: los ratones no desarrollaron diabetes espontánea, pero sí señales biológicas tempranas de mayor susceptibilidad metabólica, especialmente si se combinan con dietas altas en grasas.
Las palabras de la investigadora principal
Francisca Concha Celume, autora principal del estudio, resumió el hallazgo con claridad: “Nos pareció intrigante que, pese al creciente consumo de estos aditivos, la prevalencia de la obesidad y los trastornos metabólicos como la resistencia a la insulina no ha disminuido”. Y agregó que “los efectos vinculados a la sucralosa fueron más consistentes y persistentes a través de las generaciones”.
Los autores insisten en que el objetivo del trabajo no es generar alarma, sino subrayar la necesidad de seguir investigando los efectos a largo plazo de estos edulcorantes, especialmente en etapas tempranas de la vida y en la descendencia.
¿Qué significa esto para las personas?
Aunque se trata de un estudio en ratones y los resultados no se pueden trasladar directamente a los humanos, abre una puerta importante. Los edulcorantes artificiales se han popularizado precisamente porque se consideraban inocuos, pero cada vez más evidencia científica sugiere que sus efectos podrían ir más allá de lo que se pensaba inicialmente.
Los investigadores recomiendan moderar su consumo mientras se realizan más estudios en humanos, especialmente en mujeres en edad fértil y en niños, poblaciones que podrían ser más sensibles a estos cambios intergeneracionales.
Un llamado a la precaución, no al pánico
Este estudio no significa que un refresco light ocasional vaya a afectar a tus hijos o nietos. Lo que sí subraya es que el uso crónico y elevado de edulcorantes artificiales merece una mirada más cuidadosa, sobre todo cuando se trata de la salud metabólica a largo plazo y de posibles efectos que se transmiten entre generaciones.
Mientras la ciencia sigue avanzando, la recomendación más sensata sigue siendo la misma de siempre: priorizar agua, infusiones y alimentos naturales, y usar edulcorantes con moderación y conciencia.
El mensaje final de la Universidad de Chile es claro: aunque los edulcorantes pueden parecer una solución rápida, su impacto real en el organismo —y en las generaciones futuras— todavía necesita ser estudiado con mayor profundidad.
